Parada del autobús, a pleno sol y escuchando música mientras espero.
Llega un bus que no es el mío, así que sigo a lo mío. De pronto, levanto la cabeza y veo mi imagen reflejada en el cristal. Está un poco descentrada, pero aun así le hago una foto a esa persona desconocida del reflejo. ¡Zas!, una foto. Pienso: «Voy a hacer otra por si acaso, ya que con tanto sol no veo un huevo en la pantalla».
En esto, el bus se pone en marcha justo en el momento en que disparo por segunda vez.
Como sigo sin ver nada, dejo para después la revisión del resultado fotográfico. Y, para mi sorpresa, no puedo quejarme: ahí estoy yo, sentado delante del Chus.
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