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sábado, 22 de agosto de 2026

El mar de mis deseos

Empezamos con un beso
y me mostró toda su piel.
Sin medidas de seguridad,
recorrí cada uno de sus pliegues lunares.
Avancé despacio, parándome en los detalles,
oliendo, sintiendo, notando,
saboreando su cuerpo.
Exploré esa superficie de curvas tersas y suaves.
Llevaba los ojos abiertos y las ganas encendidas.
La recorrí como quien recorre
una ciudad desconocida:
sus recovecos, sus barrios,
sus calles, sus edificios,
sus puertas y ventanas.
Visité sus jardines ocultos,
atraído por el aroma
de las plantas carnívoras
que me llamaban.
Visité los terrenos agrestes
de su espalda, los abismos donde me despeñé de placer.
Viajé sin instrumentos de navegación
para perderme, o tal vez por el placer de sentir sus sensaciones.
La vi brillar, la sentí a mil revoluciones por minuto,
recorrí esa calle oscura del placer.
Descalzo y desnudo caminé los pliegues, las sombras solitarias que esconde bajo los deseos.

sábado, 15 de agosto de 2026

Baja y ponte en mi lugar

Le abro la ventana al día,
dejando pasar al viento.
Me pregunto dónde quedó el momento
que maneja la alegría.
Vuelvo a hacer girar la ruleta
a ver si me toca algún premio.
Pero la vida también da vueltas
y no sé si volver a empezar.
Tal vez mañana sea tarde
y llegue ese minuto perverso
en que los días del universo
comparten la misma fase lunar.
En el alféizar de las horas
dejo dos poesías de paso.
Me quedo a ver cómo las auroras
bailan esperando al ocaso.
Hoy ya no me queda ni una hora,
tal vez unos minutos mañana.
Tiempo que voy robando
cuando el mundo se desequilibra.
No hay límites ni fronteras,
no hay motivo ni demora.
La paciencia me da sabiduría;
sabe que regresaré, de todas formas.
El péndulo se mueve despacio,
no deja de pendular.
Todo consiste en comenzar
y no parar en las esquinas del tiempo.
No quedan huecos que tapar
en este espacio vacío.
Creo que cruzaré por aquí el río,
no vaya a ser que me deba mojar.
Ya no tengo recuerdos de ayer
y de los de hoy, ni me quiero acordar.
Si acaso necesitas volver,
baja y ponte en mi lugar.
©️ILS2026

sábado, 8 de agosto de 2026

Historia de una foto

Parada del autobús, a pleno sol y escuchando música mientras espero.
Llega un bus que no es el mío, así que sigo a lo mío. De pronto, levanto la cabeza y veo mi imagen reflejada en el cristal. Está un poco descentrada, pero aun así le hago una foto a esa persona desconocida del reflejo. ¡Zas!, una foto. Pienso: «Voy a hacer otra por si acaso, ya que con tanto sol no veo un huevo en la pantalla». 
En esto, el bus se pone en marcha justo en el momento en que disparo por segunda vez.
Como sigo sin ver nada, dejo para después la revisión del resultado fotográfico. Y, para mi sorpresa, no puedo quejarme: ahí estoy yo, sentado delante del Chus.

domingo, 2 de agosto de 2026

El pueblo que soñé, el pueblo que me eligió


Era un pueblo escondido tras un pequeño muro de piedra, pero lo que realmente lo ocultaba de los ojos del mundo era una espesa cortina de robles, castaños y hayas que parecían haberse puesto de acuerdo para guardar su secreto.
No aparecía en ningún mapa. Ni siquiera quienes vivían cerca hablaban de él.
Lo encontré de casualidad. Había tomado un sendero equivocado durante una caminata y, tras atravesar el bosque, el silencio dejó paso al sonido de unas campanas y a las risas de la gente. Entonces apareció ante mí.
Y sin quererlo, me enamoré.
Las casas eran de piedra gris, gastadas por el paso de los años, aunque aquí y allá alguna construcción de madera rompía la uniformidad con balcones llenos de flores. Nada parecía nuevo, pero todo parecía cuidado con el cariño de muchas generaciones.
El pueblo tenía tres plazas:
La plaza Mayor era la más amplia. Las fachadas, casi todas de la misma altura, abrazaban el espacio como si quisieran protegerlo. Allí los niños corrían detrás de las palomas mientras los mayores conversaban sentados en bancos de piedra. Al caer la tarde, la música aparecía sin que nadie la anunciara.
La plaza Menor era más íntima, casi un rincón para perder la noción del tiempo. 
Allí estaba la cafetería carrusel, una construcción de madera con enormes ventanales de cristal, que giraba lentamente sobre un eje central. Giraba apenas unos centímetros cada minuto, lo suficiente para que, mientras tomabas un café, el paisaje cambiara sin darte cuenta.
Decían que ningún asiento tenía la misma vista dos veces.
Entre ambas plazas se levantaba la iglesia, construida también en piedra. Su atrio podía alcanzarse por una amplia escalinata o por un sendero sin escalones que bordeaba el jardín.
No existía la prisa ni la soledad.
Allí nadie preguntaba de dónde venías.
Ni cuál había sido tu vida antes de llegar.
Has llegado hasta aquí —me dijo una anciana mientras regaba unas hortensias— es porque el destino llevaba mucho tiempo buscándote.
Y nadie discutía esa idea.
Simplemente te hacían un hueco en la mesa, te servían un plato caliente y actuaban como si siempre hubieras pertenecido a aquel lugar.
Permanecí allí solo unos días.
O eso marcaba mi reloj.
Cuando llegó el momento de marcharme, crucé de nuevo el pequeño muro de piedra y el bosque volvió a tragarse el pueblo hasta hacerlo casi desaparecer.
Antes de perderlo de vista me giré una última vez.
Las campanas sonaban.
La Cafetería Carrusel seguía girando lentamente.
En la plaza Mayor alguien comenzaba otra canción. Y comprendí que no me estaba despidiendo.
Solo me ausentaba el tiempo justo para volver.
Porque algunos lugares no se visitan.
¡Se encuentran!