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domingo, 2 de agosto de 2026

El pueblo que soñé, el pueblo que me eligió


Era un pueblo escondido tras un pequeño muro de piedra, pero lo que realmente lo ocultaba de los ojos del mundo era una espesa cortina de robles, castaños y hayas que parecían haberse puesto de acuerdo para guardar su secreto.
No aparecía en ningún mapa. Ni siquiera quienes vivían cerca hablaban de él.
Lo encontré de casualidad. Había tomado un sendero equivocado durante una caminata y, tras atravesar el bosque, el silencio dejó paso al sonido de unas campanas y a las risas de la gente. Entonces apareció ante mí.
Y sin quererlo, me enamoré.
Las casas eran de piedra gris, gastadas por el paso de los años, aunque aquí y allá alguna construcción de madera rompía la uniformidad con balcones llenos de flores. Nada parecía nuevo, pero todo parecía cuidado con el cariño de muchas generaciones.
El pueblo tenía tres plazas:
La plaza Mayor era la más amplia. Las fachadas, casi todas de la misma altura, abrazaban el espacio como si quisieran protegerlo. Allí los niños corrían detrás de las palomas mientras los mayores conversaban sentados en bancos de piedra. Al caer la tarde, la música aparecía sin que nadie la anunciara.
La plaza Menor era más íntima, casi un rincón para perder la noción del tiempo. 
Allí estaba la cafetería carrusel, una construcción de madera con enormes ventanales de cristal, que giraba lentamente sobre un eje central. Giraba apenas unos centímetros cada minuto, lo suficiente para que, mientras tomabas un café, el paisaje cambiara sin darte cuenta.
Decían que ningún asiento tenía la misma vista dos veces.
Entre ambas plazas se levantaba la iglesia, construida también en piedra. Su atrio podía alcanzarse por una amplia escalinata o por un sendero sin escalones que bordeaba el jardín.
No existía la prisa ni la soledad.
Allí nadie preguntaba de dónde venías.
Ni cuál había sido tu vida antes de llegar.
Has llegado hasta aquí —me dijo una anciana mientras regaba unas hortensias— es porque el destino llevaba mucho tiempo buscándote.
Y nadie discutía esa idea.
Simplemente te hacían un hueco en la mesa, te servían un plato caliente y actuaban como si siempre hubieras pertenecido a aquel lugar.
Permanecí allí solo unos días.
O eso marcaba mi reloj.
Cuando llegó el momento de marcharme, crucé de nuevo el pequeño muro de piedra y el bosque volvió a tragarse el pueblo hasta hacerlo casi desaparecer.
Antes de perderlo de vista me giré una última vez.
Las campanas sonaban.
La Cafetería Carrusel seguía girando lentamente.
En la plaza Mayor alguien comenzaba otra canción. Y comprendí que no me estaba despidiendo.
Solo me ausentaba el tiempo justo para volver.
Porque algunos lugares no se visitan.
¡Se encuentran!

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