y me mostró toda su piel.
Sin medidas de seguridad,
recorrí cada uno de sus pliegues lunares.
Avancé despacio, parándome en los lunares,
oliendo, sintiendo, notando,
saboreando su cuerpo.
Exploré esa superficie de curvas tersas y suaves.
Llevaba los ojos abiertos y las ganas encendidas.
La recorrí como quien recorre
una ciudad desconocida:
sus recovecos, sus barrios,
sus calles, sus edificios,
sus puertas y ventanas.
Visité sus jardines ocultos,
atraído por el aroma
de las plantas carnívoras
que me llamaban.
Visité los terrenos agrestes
de su espalda, los abismos donde me despeñé de placer.
Viajé sin instrumentos de navegación
para perderme, o tal vez por el placer de sentir sus sensaciones.
La vi brillar, la sentí a mil revoluciones por minuto,
recorrí esa calle oscura del placer.
Descalzo y desnudo caminé los pliegues, las sombras solitarias que esconde bajo los deseos.
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