y mi rutina se va convirtiendo en desánimo.
No sé si ya no me ajusto a las reglas o las reglas no se ajustan a mí.
Veo vacíos oscuros,
cuevas que esconden la incongruencia de una distancia lejana.
Mi reloj es una cuenta atrás
constante e implacable;
un acompasado y seco tictac.
Con las alas de volar, voy apagando
las luces que me encuentro.
El espeso silencio me persigue y
una lágrima no me deja despertar.
En el mejor momento de mis malos momentos, de repente se activa eso que me recarga un poco las pilas,
lo justo para continuar.
Pero no es suficiente y se me hace tarde, y el día ya no da para más.
Contemplo mi vida desde la periferia de mi existencia y el deterioro es palpable.
Intento hacer un último esfuerzo para llegar a otra casilla, pero mis piernas no saben caminar.
Mi cabeza vaga como un espectro viviente, hacia quién sabe dónde.
Sé que tengo más pasado que futuro
y la negra mano de la muerte
me ha tocado suavemente el hombro
y me ha dicho: «Tú eres el siguiente».
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